Solicitan al Ayuntamiento una normativa que reduzca el ruido y proteja a animales, avifauna y personas neurodivergentes
El debate sobre el uso de la pirotecnia en las festividades de El Espinar ha pasado del comentario resignado al planteamiento formal. En las últimas semanas, un grupo de vecinos y colectivos del municipio ha puesto en marcha una iniciativa para que el Ayuntamiento desarrolle una normativa y una regulación específica que limite el empleo de cohetes, petardos y tracas en celebraciones, no solo en fechas señaladas como San Antón, sino también en el conjunto de actos festivos, eventos y actividades populares.
La propuesta nace de la mano de Laura Cañas, vecina del municipio, que decidió “liarse la manta a la cabeza” tras años en los que el malestar se repetía sin traducirse en cambios. En torno a esta petición se han sumado asociaciones y personas vinculadas al bienestar animal y al medio ambiente, entre ellas CES Felinar, el educador ambiental Gabriel González Gala, Fox Rescata, Animalejos y otras entidades locales, con un objetivo común: reducir el impacto del ruido y los destellos sobre animales y personas especialmente sensibles, sin convertir el debate en una guerra cultural contra las tradiciones.
Firmas y un mensaje claro: que no sea “solo un día al año”
La iniciativa se concretó en un escrito acompañado de una recogida de firmas. Según explicaba Laura Cañas en declaraciones a este medio, se registraron 287 firmas. El planteamiento, insiste, no busca limitarse a una sola festividad: “San Antón es un día al año y fiestas hay muchísimas en el municipio, y se usa mucha pirotecnia”. El argumento es doble. Por un lado, el sufrimiento que el estruendo genera en animales; por otro, el efecto en personas con trastorno del espectro autista (TEA), otras condiciones de neurodivergencia, personas con alta sensibilidad, niños pequeños y también mayores.
En la práctica, lo que se pide al Ayuntamiento es que el uso de pirotecnia deje de ser imprevisible, que se regule con criterios claros (horarios, lugares, cantidad, tipología) y que se promueva una evolución hacia alternativas menos dañinas.
Uno de los aspectos más repetidos por los testimonios recogidos es que el principal problema no es un estallido aislado, sino la continuidad. Gabriel González Gala, educador ambiental, lo resume así, señalando que un cohete puntual puede ser asumible, pero “cuando hay una sucesión” durante largos ratos, el impacto se multiplica. Desde su experiencia personal, recuerda cómo su perra llegaba a esconderse y a sufrir reacciones extremas de miedo. En su propuesta, plantea un escenario de mínimos: reducir y acotar, de forma que se mantenga un gesto simbólico (inicio/fin) sin convertir el día en una cadena de detonaciones.
En esa misma línea se expresa CES Felinar, asociación centrada en el bienestar de los gatos del municipio. Una de sus portavoces advierte de consecuencias concretas: el ruido desorienta y asusta, aleja a los animales de sus zonas de comida, puede provocar huidas con riesgo de atropello y afecta tanto a colonias felinas como a gatos domésticos. Y señala un elemento especialmente dañino: las tracas, por su intensidad y duración.
La dimensión social de la petición se hace especialmente visible en el testimonio de Encarna Muñoz, profesora de apoyo y orientación. Encarna subraya que la pirotecnia no afecta solo a alumnado con TEA, sino también a otros perfiles neurodivergentes (menciona TDAH y altas capacidades), porque el ruido se vive como “súper amplificado” y puede desencadenar crisis de ansiedad.
Relata, además, un caso muy gráfico: un alumno que, al escuchar un cohete en la calle, tiene que refugiarse en la primera casa, tienda o bar que encuentra, y después le cuesta volver a salir por el pánico. Para Encarna, la clave está en la previsibilidad: los fuegos artificiales anunciados y concentrados en un lugar concreto se pueden evitar; los cohetes lanzados “en cualquier momento del día” no.
En su valoración profesional, defiende que la tradición puede mantenerse, pero con reglas, “no digo extinguir”, sino regular determinados días y momentos, para que las familias sepan cuándo ocurrirá y podrán protegerse.
Un municipio con reconocimientos ambientales… y un debate abierto
El fondo del asunto toca también la identidad del municipio. Gabriel González recuerda que El Espinar se enorgullece de reconocimientos y figuras de protección, como la Reserva de la Biosfera, la presencia en Red Natura 2000 y la condición de ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves). En ese contexto, el uso intensivo de pirotecnia “choca” con los valores de conservación que El Espinar exhibe con orgullo. La avifauna, tal y como explica, es de las más afectadas: estruendo, destellos, contaminación acústica y alteraciones del comportamiento.
La reunión con la Cofradía de San Antón y la búsqueda de un acuerdo
La iniciativa ya ha tenido un primer contacto con una realidad sensible: la gestión de las celebraciones tradicionales. Según cuenta Laura Cañas, mantuvieron una reunión con la Cofradía de San Antón. La cofradía defendió el uso de cohetes como parte de la tradición y como forma de “anunciar” la festividad al municipio. En esa conversación se habló de un compromiso de moderación, pero desde el lado impulsor de la petición se percibió decepción al comprobar que el número de cohetes era superior al esperado.
Ese episodio ilustra el dilema que subyace: cómo mantener el carácter festivo sin que el costo lo paguen quienes no pueden “elegir” exponerse, ya sean animales, familias con menores neurodivergentes o personas con hipersensibilidad al ruido.
Los promotores quieren que el asunto no se apague con el final de una festividad concreta. Su objetivo declarado es que el Ayuntamiento impulse una regulación municipal que abarque celebraciones, eventos y actos puntuales. En el horizonte, queda también el debate sobre alternativas: avisos previos, delimitación de zonas, restricciones horarias, sustitución por elementos menos ruidosos, o una reducción progresiva hacia escenarios “cero” en determinados contextos, como plantean algunos colectivos.
La discusión, en todo caso, ya está sobre la mesa. Y lo que piden los impulsores no es un gesto simbólico, sino una norma clara: que El Espinar pueda celebrar, sí, pero sin convertir el ruido en una prueba de resistencia para quienes lo viven como una amenaza o altera su bienestar.












