Adrián Herranz se encuentra de misión en la zona entre el Líbano e Israel establecida por las Naciones Unidas
Adrián Herranz González, militar espinariego destinado en la base de El Goloso, en Tres Cantos (Madrid), ha emprendido, en la madrugada del jueves 20 de noviembre, un despliegue de unos seis meses en la Línea Azul, la zona marcada por Naciones Unidas entre Líbano e Israel. “Llevamos desde mayo preparando esta misión”, explica, consciente de la responsabilidad que afronta. Aunque solo lleva año y medio en el Ejército, reconoce que la escasez de personal abrió la puerta a que también su ciclo pudiera participar: “No contaba con irme, pero nos preguntaron a todos quién quería y se hizo una lista. Poco a poco fuimos entrando”.
Durante cuatro meses estará en una base pequeña, “de kilómetro y medio de perímetro, aproximadamente”, y después pasará a la base Miguel de Cervantes, de mayor dimensión. Sus jefes visitaron la zona en agosto y le trasladaron que la situación se mantiene en una especie de “calma tensa”. Herranz lo resume así: “Puede estar todo bien, pero en uno o dos segundos se puede complicar. Hay que estar siempre atento”. También conoce testimonios previos, como el de la espinariega, natural de San Rafael y a la que también entrevistó La Voz de El Espinar, María Rivero, que estuvo allí cuando comenzaron los bombardeos. Él mismo confirma que en caso de peligro tienen instrucciones claras: “Cada uno tiene asignado su búnker. En cuanto hay una mínima señal, vamos directos”.
Su labor consistirá en patrullas y vigilancia. “Somos presencia, estamos allí para ayudar”, explica. Habrá patrullas por pueblos de la zona y rondas conjuntas con las fuerzas libanesas. No podrán salir del perímetro salvo en misión, aunque dentro contarán con algunas instalaciones: “En la base pequeña hay una cancha de fútbol y baloncesto, un sitio para correr y un gimnasio”. Además, señala que “se come bien, dentro de lo que cabe”.
A pocos días de marcharse, en la charla con este medio de comunicación, aseguraba que aún no había sentido nervios. “Estoy tranquilo. Yo creo que hasta que no me vea en la base para coger el bus al aeropuerto no seré consciente”, admite. El fin de semana previo al inicio de su viaje se despidió de sus amigos, “todos me dicen que tenga cuidado y que disfrute la experiencia” y la despedida familiar la deja para las últimas horas: “Con la familia es más complicado. Será más triste, más emotivo”.
También tiene claro lo que más le pesará en esos meses: “Sobre todo la familia y los amigos. Y supongo que también la libertad de salir. Estar en un sitio tan pequeño te hace pensar en todo lo que tienes aquí”. Aun así, confía en adaptarse: “Al principio costará algo menos por llevar poco tiempo, pero luego será más rutinario y pesado”.
Entre sus pertenencias viaja una bandera espinariega firmada por amigos y familiares: “Eso va conmigo. La colgaré en la habitación, sin duda”. Su dedicación y esfuerzo estarán en Líbano durante los próximos seis meses, que es el periodo previsto de despliegue en esta importante misión de Naciones Unidas.











