El artista, ligado al municipio desde niño, repasa sus trabajos en los centros jóvenes de San Rafael y El Espinar, su evolución desde el grafiti callejero y su salto a proyectos de nivel internacional
En el nuevo Centro Joven de San Rafael, frente a un mural lleno de color que ocupa toda la sala principal, Mauro Bernat recibe a este medio casi con la misma energía que plasma en sus obras. El centro cuenta con dos salas pintadas por él: una multiusos, donde predominan los colores intensos y figuras reconocibles por el público joven; y otra dedicada a los videojuegos, totalmente diferente en estilo y atmósfera. “Este mural es muy genérico, quería proyectar luz, hacer una sala que cualquiera pudiera usar”, explica sobre la primera sala. “Hay libros, música, pinceles, videojuegos… dibujos que se entienden bien y colores potentes. Queríamos hablar el lenguaje de los chavales”.
Sobre la sala gamer, Mauro reconoce que le tocó una fibra personal: “Tengo un pasado gamer, me he viciado bastante. Quería una sala completamente oscura para que los colores fluorescentes brillaran lo máximo posible. Metí personajes clásicos de los 90 y principios de los 2000 para que te lleve a esa sala gamer con neones y luces brillantes”.
Su trabajo en el municipio no empieza aquí. También fue autor de varios murales en el Centro Joven de El Espinar, donde decoró la sala principal y la de ping-pong. “Tiré un poco de colores fluorescentes y dibujos de videojuegos de los 90, que han tenido un boom brutal. Me hizo mucha ilusión decorarla. Hemos echado muchas horas allí, muchos chavales del pueblo durante muchísimos años”.
Antes de esos encargos municipales, Mauro ya había dejado su firma en dos puertas de garaje ubicadas en el edificio del Centro Joven de El Espinar. Fueron sus primeros trabajos en el pueblo. “Me dieron la oportunidad de pintar esos dos garajes, donde unos amigos míos ensayaban con su grupo. Pinté un búho real y un lobo ibérico. Me gustaba retratar la importancia de la fauna y flora del pueblo”, explica.

Murales de los garajes ubicados en el edificio del Centro Joven de El Espinar
El vínculo de Mauro con el municipio es profundo. “Soy veraneante de El Espinar de toda la vida”, recuerda. “Aquí tengo mucha familia. El Espinar es infancia pura: me he criado aquí, he reído, he llorado, me he caído, me he levantado. Era como otro universo paralelo a Madrid, mucho más familiar”.
Su historia artística arranca en la calle: “Vengo de un pasado más urbano, más callejero, de salir a pintar con spray y hacer un poco la macarrada”, admite. “Pero te das cuenta de que tienes un don, un duende. Todo el mundo me llevaba diciendo toda la vida que iba a vivir de esto”, asegura.
Con concursos, trabajos en otros municipios y mucha dedicación, fue consolidando su estilo. Y de ahí llegó a encargos más grandes. “Es un cambio brutal”, reconoce. “Ahora mismo estoy trabajando también para una interiorista muy potente, Alejandra Pombo. Me dio la oportunidad y llevo dos años encantado. Yo vengo del grafiti y chocamos mucho, pero hemos llegado a una simbiosis artística”.
Ese salto profesional lo ha llevado más lejos de lo que imaginaba. “He estado pintando en el Bernabéu hace dos o tres semanas, ayudando en proyectos muy importantes, como el de Ramón Freixá, un restaurante Michelin”, cuenta. A eso se suma su colaboración con una marca de bebidas energéticas: “Nos llevan a todos los eventos que pueden. Hemos estado en Spa 24 horas, en Bélgica; en Montmeló; en Cheste… Viajar por pintar es una pasada”.
Entre sus proyectos favoritos destaca dos: “El mural de latas con Fabio Quartararo en Montmeló, que me encantó y luego pudimos exponerlo también en Cheste. Y el trabajo con Alejandra Pombo, porque es otro mundo: más elegante, más serio. Me está enriqueciendo muchísimo”.

Mauro posando con el mural de latas
No oculta que, aunque domina técnicas muy variadas, hay algo que nunca dejará de gustarle: “El spray es mi método favorito de pintar. Me encanta. Es un mundo. Cada boquilla hace un trazo distinto, hay sprays de alta presión, de baja… y ahora hay un montón de marcas de buena calidad”.
Cuando vuelve a El Espinar y ve sus obras, la emoción es evidente: “Orgullo. Es una pasada ver que cada día vamos un poquito más allá. Quería devolverle algo al pueblo, por todo lo que me ha dado”.











