A pesar de que la Junta aseguró que se iban a garantizar plazas suficientes para los estudiantes espinariegos, la realidad es que muchos siguen sin tener transporte asegurado a diario
Cuando comenzó el curso escolar, la preocupación en El Espinar no tardó en convertirse en indignación. La normativa de la Junta de Castilla y León reconoce el derecho al transporte únicamente a los alumnos de Bachillerato que no se cursan en el municipio y a quienes estudian Formación Profesional Básica. Fuera de esa cobertura quedan, entre otros, los estudiantes de grados medios y superiores. Precisamente el grupo que más ha crecido en los últimos años.
Un total de 46 alumnos y alumnas del municipio se quedaron sin plaza en los autobuses escolares que cada mañana trasladan a los institutos de Segovia. Sin el conocido “carné rojo”, indispensable para subir a los autocares de ruta, esos jóvenes tuvieron que empezar a apañárselas con trenes que no pasan de manera regular, autobuses comerciales sin huecos, favores entre familias y madrugones que empiezan de noche y terminan a media tarde.
Meses después, en enero de 2026, la Junta aseguró que se garantizaban plazas de autobús suficientes para todos los estudiantes espinariegos que cursan en Segovia. Se anunciaba la reestructuración de rutas y un autobús adicional en la franja de la mañana.
Sin embargo, la realidad que relatan los alumnos y sus familias desmiente las medidas anunciadas. El día a día de estos más de 40 estudiantes continúa siendo una carrera de obstáculos para llegar a sus centros de estudio.
Lucas, alumno espinariego de FP afectado, resume con sencillez la distancia entre la promesa de la Junta y lo que ocurre cada mañana: “Dijeron que se iban a garantizar unas plazas y la realidad es que no. Se hizo un sorteo en el que la mitad nos quedamos fuera. Y estos carnets que han dado ahora no son de un autobús de ruta. Tenemos el miedo de que algún día el autobusero te diga que no hay plazas y te quedas fuera”.
La supuesta mejora ha pasado, en muchos casos, por ofrecer a los estudiantes la opción de subir a autobuses comerciales de la empresa concesionaria, Avanza, es decir, compartir vehículo con cualquier pasajero que compre su billete. Eso implica que, aunque dispongan de un bono o de una autorización, su plaza no está garantizada.
Lo que se vende como un refuerzo estructural se traduce, en la práctica, en una incertidumbre diaria. Cada mañana, los alumnos tienen que comprobar si hay hueco en los autobuses, si el autobús llega y si el conductor les permite subir. Esa incertidumbre no solo afecta a los jóvenes. Las familias viven permanentemente pendientes del teléfono, reorganizando jornadas laborales y rutinas domésticas en función de si hay o no transporte para sus hijos.
Eli, madre de un alumno afectado, lo define como “un sin vivir”. Señala que “te vas a la cama y no sabes si tu chaval va a llegar a clase, va a llegar a tiempo o te va a llamar a las siete y te va a decir que se ha quedado tirado de nuevo”.
Marta, madre de dos alumnos, relata un día a día que se ha convertido en una sucesión de improvisaciones: “tengo todos los correos de Avanza diciendo que no hay servicio, que tienen que poner más autobuses. Todos los días saco una foto de los horarios. A las seis de la mañana, que es cuando sale todo el mundo, no hay ningún horario. La otra alternativa es la Renfe, pero a veces no funciona”.
El Espinar suele proyectarse como un municipio bien ubicado, cerca de Madrid, de Segovia y de Ávila, pero en esta ocasión, mal conectado. “En este caso está súper mal conectado”, sentencia Marta, que explica que “el año pasado no había ningún problema. Este año ha debido de haber un incremento de estudiantes que se han ido a cursar las FP que aquí no hay y entonces no hay tantos servicios”.
Paula, alumna afectada, cuenta que su madre la deja muy temprano en el autobús o en el tren y se marcha a trabajar. A partir de ahí, todo depende de las plazas que haya: “yo me tengo que buscar la vida. Si no hay bus ni tren, tengo que esperar al siguiente o ver si algún padre de mis amigas puede llevarnos. Gracias a eso voy, pero si no, no tengo cómo ir”. Y en esas esperas “nevando, con viento, lloviendo, y ahí me quedo hasta que llega el siguiente”.
Nerea, otra estudiante afectada, comparte experiencias similares: “Una vez no nos dejaron entrar al bus y la siguiente opción era el tren, pero no pudimos ir porque estaba todo nevado, no limpiaron y no pasó… Estuvimos una hora esperando, empezó a llover… Fatal, no pudimos ir a clase y nos pusieron falta de asistencia. Esto pasa muy a menudo”.
Faltas, avisos y miedo a ser expulsados
Más allá del cansancio físico y emocional, los obstáculos en el transporte están teniendo un impacto directo en el expediente académico de los alumnos. Llegar tarde o no poder asistir a las clases se convierte en faltas, a menudo difíciles de justificar ante los centros educativos. Ainhoa, alumna espinariega, ha vivido esa presión en primera persona. Cuenta que “en el instituto me han dicho que, a partir de un número de faltas, de no poder ir a primera hora o todo el día, puedo perder el curso”.
Ella misma recuerda un día en que sencillamente no pudo llegar: “un día no pasó el tren, no pasó el bus de las siete y cinco de Avanza y el de las siete y cuarto tampoco. Nos tuvo que llevar mi madre mucho más tarde y perdí esas horas”.
Ana, otra de las estudiantes, confirma que estas situaciones no son excepcionales. Relata que “ya nos ha pasado varias veces. Tenemos que decirles a los profesores que, aunque parezca mentira, es verdad que nuestros autobuses o no pasan o pasan llenos y no nos dejan subir”.
El mensaje transmitido a los alumnos desde algunos centros es claro, si hay demasiadas faltas puede suponer perder el curso. “Te quedas con miedo de no poder seguir con tu curso, de perderte clases, de no poder hacer exámenes, con miedo de no poder sacarte lo que tú quieres”, confiesa Ainhoa.
La situación llega a tal punto, que tanto alumnos como familias aseguran que ya hay jóvenes que han decidido dejar de estudiar ante la imposibilidad de garantizar su asistencia regular. “Al final, los chicos dicen que pasan de estudiar, dejan de estudiar, no van al instituto y es lo que hay”, lamenta Mersi, madre de una alumna.
Una lucha que va más allá de este curso
Las familias afectadas insisten en que la reivindicación no es solo por sus hijos, sino por quienes vendrán detrás. “No creo que la lucha sea solo para este curso ni para estos chavales. Yo tengo más hijos, más pequeños, y es que cada vez hay más chicos aquí. Si atraes gente a vivir aquí, vienen con sus niños pequeños que crecen, en algún momento se querrán ir a estudiar. Si no tienes una oferta en El Espinar de FP o diferentes tipos de Bachilleratos, te tendrás que ir a Segovia, que es tu ciudad de referencia”, señala Eli.
Las familias insisten en que no piden un privilegio, sino una garantía mínima de igualdad de oportunidades, es decir, que la posibilidad de estudiar un grado medio, superior o un Bachillerato específico no dependa de si hay un hueco libre en un autobús comercial o de si un tren llega a tiempo o no. Su reclamación, una vez más, pasa por “un autobús de ruta para que podamos ir a estudiar a Segovia correctamente”.
Mientras tanto, El Espinar sigue siendo un municipio en el que cada año crece la población, pero cuyos jóvenes, para poder formarse fuera de la localidad, se ven obligados a pelear cada mañana por algo tan esencial como un asiento en un autobús que los lleve a sus clases. Y las notas oficiales, que dan por solucionado el problema, chocan frontalmente con los testimonios de quienes se quedan una vez más en tierra.












