Julián Cañas y Luis Cámara levantaron hace más de dos décadas una cruz de hierro en la cima del monte, donde dejaron una cápsula del tiempo con objetos y recuerdos que aún permanecen sellados
Hace algo más de veinte años un grupo de vecinos de El Espinar decidió emprender una aventura que, sin imaginarlo, acabaría convirtiéndose en parte del paisaje y la memoria colectiva del municipio: la colocación de la cruz de Pedro Álamo. Los principales artífices: Julián Cañas y Luis Cámara, tristemente fallecido hace unos meses, acompañados por amigos y familiares en algunas de sus excursiones a la cima. Todos formaron parte de una iniciativa que nació casi por casualidad, a raíz de la conversación con el pastelero Antonio Yagüe, quien habló de recuperar la antigua cruz de madera que coronaba uno de los montes más conocidos del entorno. Dos años después, en 2002, se instaló la placa conmemorativa que aún puede verse junto a la cruz.
Aquella primera cruz, sencilla y desgastada por el paso del tiempo, fue sustituida por una nueva estructura de hierro que estos vecinos diseñaron y montaron con sus propias manos. “La cruz que había eran solo dos cachos de madera, y dijimos de hacer una nueva, más firme”, recuerdan. Lo que comenzó como una idea sencilla acabó siendo un trabajo exigente, que requirió esfuerzo físico y mucha dedicación. Subieron los tubos de hierro a hombros por el monte, los soldaron en la cumbre y prepararon una base sólida sobre una piedra granítica. “Metimos la cruz en un hueco cuadrado hecho en la roca, como un vaso, y luego la sellamos para que no entrara agua”, explican.

Ángel Cámara, señalando a la ubicación de la cruz, y Julián Cañas
En el interior de esa base dejaron un pequeño tesoro: una cápsula del tiempo con monedas, un periódico del día, fotografías y algunos objetos simbólicos. “Hay un periódico, una peseta, un euro y otras cosas. La idea era que, dentro de muchos años, alguien la encuentre y vea lo que dejamos”, cuentan. Esa cápsula, sellada con esmero, permanece intacta desde entonces. “No se puede abrir, está sellada”, comenta Ángel Cámara, hermano de Luis.
Junto a la cruz, los vecinos colocaron también una placa metálica grabada con los nombres de Julián Cañas y Luis Cámara. Está soldada en un lateral del risco, desde donde se divisa el paisaje espinariego. “Deberíamos haberla puesto más visible, porque todo el mundo se asoma por el otro lado”, reconoce Julián.

Colocando la cruz
Más allá del trabajo físico y la anécdota, lo que la cruz representa para sus protagonistas es la huella de una época en la que la vida en torno al monte marcaba el ritmo del pueblo. “No nos supone nada especial, era algo que hacíamos casi siempre que subíamos por allí. Buscábamos níscalos, leña o simplemente íbamos a dar una vuelta”, recuerdan. Pero con los años, todo ha cambiado: “Antes había agua, charcas… ahora nada. Antes subías en agosto con botas de goma. Ahora el monte está distinto”.
El relato está lleno de nostalgia y cariño. Hablan del monte, de las jornadas de pesca, de los paseos, de las comidas con níscalos y de una forma de vida sencilla, compartida y respetuosa con la naturaleza. “Antes el monte se cuidaba más, se dejaba todo como estaba, o incluso mejor. Hoy se ha perdido esa costumbre. Ya no es lo mismo que antes, porque antes todo se hacía mano a mano”, lamentan.
Entre los recuerdos más vivos, destaca el de la figura de Luis Cámara, fallecido recientemente y del que Julián comenta: “Era gruñón, siempre protestaba por algo, pero tenía muchísima ilusión”.
También recuerdan con emoción el día de la instalación de la cruz: subieron en el “patrol” de Luis hasta donde pudieron y, desde allí, a pie, con herramientas, tubos y todo lo necesario. Al terminar, como era costumbre, fueron a buscar níscalos. “Eso no podía faltar”, señala Cañas.

Cruz de Pedro Álamo nevada
Hoy, más de dos décadas después, la cruz de Pedro Álamo sigue en pie, vigilando el horizonte de El Espinar y recordando la unión y el esfuerzo de quienes la levantaron. Bajo su base, esa cápsula del tiempo aguarda el momento en que alguien, dentro de muchos años, la descubra y encuentre en ella un pedazo de la historia local, un testimonio sencillo pero profundo de la gente que quiso dejar constancia de su paso por el monte y su amor por el pueblo.











