El piloto afincado en El Espinar recorrerá Arabia Saudí del 3 al 17 de enero en una moto Stark Future eléctrica
José Luis Álvarez, “Jota”, vuelve al Dakar. El piloto afincado en el municipio de El Espinar, con una vida entera ligada a las motos y a la arena del desierto, prepara ya su participación en el Rally Dakar 2026, que se disputará del 3 al 17 de enero en Arabia Saudí, con salida en Bisha y llegada en Shubaytah tras 14 días de carrera.
No lo hará en una categoría cualquiera. Jota se ha enrolado en Dakar Future Mission 1000, el laboratorio del rally para los vehículos de cero emisiones, donde compiten motos, coches y camiones eléctricos, de hidrógeno u otras soluciones alternativas. “Siempre he intentado preparar proyectos diferentes, sobre todo de cara a los patrocinadores. Es muy complicado cubrir los presupuestos tan grandes que hacen falta para un Dakar, y hacer algo distinto ayuda”, explica.
La categoría Mission 1000 plantea recorridos algo más cortos que los de la clasificación general y permite que los enlaces de carretera, de 300 o 400 kilómetros, puedan hacerse sobre remolque o en otro vehículo, para no castigar la autonomía de las máquinas eléctricas. “La preocupación real es el consumo. Es mi primera experiencia con una moto eléctrica y lo que más miedo me da es que el consumo se dispare”, admite.
Su compañera de viaje será una Stark Future, una moto eléctrica de enduro que la propia organización encuadra en la subcategoría “E-Moto Light”, pensada para probar soluciones de futuro en el Dakar. A simple vista parece una moto convencional, pero lo que manda está escondido. “No lleva tubo de escape, lleva un motor eléctrico. Todo se regula desde un móvil, que es como el cerebro de la moto. Ahí regulas la potencia, las revoluciones, la curva de potencia…”, detalla Jota. La moto puede entregar hasta 80 caballos, pero en sus pruebas él ha optado por rodar con 30. “Con 30 caballos ya anda mucho, es como una 125 dos tiempos. Anda muchísimo”, explica.

Primeras pruebas con la moto
Desde un mando en el manillar dispone de cuatro mapas de potencia, ya pre configurados. “Con un botón elijo si quiero seguir con los 30 caballos del mapa uno o cambiar al dos, al tres o al cuatro, según vea el terreno y la batería que me quede”, detalla. El gran “pero” es la autonomía, aunque las últimas carreras de resistencia y rutas largas le han dado tranquilidad: “Podemos llegar perfectamente a cuatro horas de autonomía, que es bastante”.
La otra gran diferencia con respecto a sus viejas motos de combustión es el sonido, o más bien la ausencia de él. “Suena poquito. Pero también es bonito, porque escuchas cosas que antes no oías: como escarba la rueda en el terreno, como se pelea con las piedras. Notas enseguida cuando no tienes tracción y lo regulas mejor”. Álvarez ha pasado toda su vida deportiva en motos de gasolina, de dos y cuatro tiempos, pero está convencido de que el futuro va por aquí. “Solo tiene una desventaja, que es la autonomía. Por lo demás, prácticamente son ventajas. Te da unas facilidades de pilotaje que no tienes con las otras”, afirma.
Con el de 2026 sumará más de 10 participaciones en el Dakar, tras nueve en África y una en Perú, siempre sin asistencia, durmiendo en saco o tienda de campaña y reparando él mismo sus vehículos. Esta vez, por primera vez, tendrá un pequeño equipo de apoyo. “No hay más remedio. A los demás les ponen gasolina en puntos concretos, pero la organización no te pone a nadie que te cambie las baterías. Tienes que llevar a alguien”. Para ello contará con un Toyota Hilux de asistencia y dos mecánicos-pilotos, que le esperarán en los puntos de recarga para sustituir las baterías.
El presupuesto de la aventura ronda los 100.000 euros para toda la temporada, entre preparación y competiciones previas. “Hay patrocinadores que están todo el año conmigo y luego entran otros grandes que se verán en la moto en breve. Aun así nos falta alrededor de un 20% por cubrir y estamos peleando por ello”, reconoce. Entre los apoyos ya confirmados Jota destaca, sobre todo, a empresas de la zona: Gasóleos La Sierra, el circuito Pamwi MX de El Espinar, Pedro Klak Fotografía, Scarlip Custom, Outdoor Factory, Finca la Casona, además de la propia Stark Future y otros colaboradores.
A sus espaldas lleva “bastantes más de cien trofeos” en motocross, rally raid, motonáutica, quads y buggies, varios campeonatos de España y de Europa, y una lista de Dakars que forma casi una biografía por capítulos. De todos ellos, el más especial fue el de 2003, cuando se convirtió en el primer piloto español en terminar el Dakar en quad, segundo del mundo, después de una última etapa maratoniana en Egipto. “No paré de llorar desde que pasé el crono hasta que subí al podio”, recuerda.
También guarda un cariño especial al Dakar de 2019, que disputó en Perú en un buggy junto a su hijo Joel. “Nos turnábamos para conducir y fuimos sin asistencia. Éramos el único coche del mundo sin asistencia. Cada noche usábamos las herramientas y consumibles del campamento de los motoristas ‘Malle Moto’ y dormíamos en una tienda de campaña que nos dejaron”, cuenta.

En el pódium final del 2019 con su hijo y el buggy
Su historia con el Dakar empezó mucho antes de todo eso, cuando aún no corría. En Nochevieja se subía a un Citroën 2CV y se iba a París con una tienda de campaña para ver la salida del rally el 1 de enero, dormir en los Campos Elíseos y seguir a la caravana hasta Marsella. Más tarde llegaría su primer Dakar “de locura”: sin dinero para inscribirse, vendió un taller de electrodomésticos que tenía en Madrid y se lo gastó en ir al rally, hasta acabar de nuevo viviendo con sus padres. “Gasté todo lo que tenía. Volví con una chilaba y sin afeitar, y en Barcelona y Madrid acabé en ruedas de prensa contando la historia”, recuerda.
A lo largo de los años ha vivido momentos duros, desde noches solo en el desierto esperando ayuda hasta el accidente del belga André Malherbe, al que vio en el suelo tras un fuerte golpe en unos rizos de arena mientras seguía a un grupo de motos Yamaha. “Estuvimos allí hasta que llegó el helicóptero. Eso te marca para toda la vida”, admite.
En el otro lado de la balanza están las vivencias que recuerda como las más bonitas: desembarcar en Libia y encontrarse de golpe con dunas interminables, o la familia que lo acogió varios días en la zona del antiguo Sáhara español cuando se quedó tirado y nadie venía a recogerle. “Te lo dan todo. Veías a los niños jugar con cuatro cuerdas y unos palitos en plena época de Reyes. Me puse a hacerles aviones de papel con el roadbook y alucinaban”.

Familia que lo acogió varios días en la zona del antiguo Sáhara español
El piloto reconoce que, pese a la edad y la experiencia, no ha perdido el gen competitivo. “Tengo la simpática manía de salir siempre a ganar. Sé que hay pilotos y mecánicas superiores, pero sigo teniendo espíritu de ganador. Llevo una moto que es capaz de estar delante y, si no hago demasiado el tonto, puedo ganar la categoría. ¿Por qué no?”, se pregunta sobre Mission 1000, donde calcula que habrá “menos de veinte” participantes.
Cuando se le pide una definición rápida, Jota lo tiene claro: “El Dakar es mi universidad, mi escuela, quien me ha fabricado de alguna manera”. La moto es “mi juguete de toda la vida”, la aventura “el complemento indispensable” y El Espinar y San Rafael “la tierra que un día descubrí y me abrazó, y yo me dejé abrazar”. La familia, dice, es “quien ha hecho posible todo esto siempre y quien lo sigue haciendo posible”.
Antes de despedirse, deja comprometida la cita de vuelta: “En enero os doy mi palabra de que estaré aquí con esta moto y os explicaré en detalle cómo ha ido todo y cómo hemos triunfado con ella”. Su objetivo está claro: acabar el Dakar 2026 y pelear por la victoria en la categoría eléctrica, esta vez con una Stark eléctrica.











