Educador ambiental y monitor en El Espinar, Gabriel González Gala mezcla deporte e interpretación de la naturaleza en escuelas deportivas y su campamento de verano
Gabriel González Gala, conocido en El Espinar como “Gaba”, lleva más de dos décadas haciendo del monte su aula y de la curiosidad su método. Educador ambiental, monitor deportivo y colaborador mensual de La Voz de El Espinar con su sección El Rincón Verde, ahora también en formato vídeo, habla de la naturaleza como otros hablan de su casa: con una mezcla de pertenencia, respeto y cariño inagotable. “Para mí lo es todo”, repite. Y no suena a eslogan. Su vida laboral y su ocio transcurren entre pinares, dehesas y arroyos; allí donde aprende, se calma, hace ejercicio y, sobre todo, enseña.
Tras el bachillerato eligió el camino cercano y posible: primero TAFAD y la educación deportiva; después, ya con el rumbo claro, formación en educación ambiental y un puñado de cursos de turismo, senderismo para personas invidentes y trekking. “Sabía que el deporte tenía que encauzarlo en la naturaleza”, explica. De esa doble vertiente nace su propuesta: rutas que son a la vez actividad física e interpretación del medio. El mismo día en que el grupo se gana una caminata con buen desnivel, descubre por qué un árbol crece de una manera determinada o qué delata un rastro en un paso de fauna. Si pasa un buitre negro, Gaba saca los prismáticos y convierte el avistamiento en una clase exprés: el mayor de Europa, envergaduras que rozan los tres metros, un pico potentísimo para tendones y músculos. La gente toma notas, pregunta luego por WhatsApp y vuelve a salir al campo con otros ojos. “No cuidamos lo que no entendemos”, resume.
El Espinar, insiste, le ofrece un mosaico difícil de igualar. De los montes de pinos silvestres a las fresnedas, encinares y robledales; de las zonas de pradera a los arroyos. Y la fauna: corzos, jabalíes, tejones, garduñas, ginetas, comadrejas y lobos. “Hay quien dice que el pueblo en otoño se apaga. Si descubren lo que pasa aquí, cambian de idea”, apunta. En ese descubrir, Gaba también derriba barreras mal entendidas: sí, en la dehesa hay un cartel de “prohibido”, pero es para los coches; a pie, con prudencia y atención, se puede y se debe disfrutar del lugar.

Su calendario laboral tiene dos bloques bien definidos. De octubre a mayo trabaja con el Ayuntamiento y la Diputación en escuelas deportivas. Desde 2006, los módulos de senderismo que imparte han marcado a generaciones enteras. “Antes les llevaba de la mano para cruzar un arroyo; ahora me tomo una caña con ellos”, señala. En verano, desde 2011, coordina un campamento, donde a los niños y niñas se les reconoce por sus camisetas verdes. Allí el bosque vuelve a ser protagonista, refugio del calor y laboratorio a cielo abierto. Entre sus grupos hay niños de cuatro años, la iniciación al senderismo empezó en un gimnasio y acabó, por decisión común con las familias, donde tenía que estar: en el campo. “Son esponjas”, dice de los pequeños, convencido de que la semilla plantada a tiempo florece en respeto y compromiso.
Su manera de aprender es también comunitaria. Habla con biólogos y agentes medioambientales, devora documentales, mantiene vivos los ecos de Félix Rodríguez de la Fuente y escucha a ganaderos para entender la complejidad del lobo. Costumbre que aprendió de un biólogo zamorano y que se plasma en preguntar por cercados, mastines y hábitos del animal que tanto le apasiona. De aquellas charlas salió su colección de cráneos, garras y plumas, que hoy usa como material didáctico.
No todo son luces. Le preocupan los incendios, “se habla de hectáreas, no de fauna muerta”, indica. Considera que entre la sociedad prima el desapego del medio natural y cierta dieta de pantallas que vacía de contenido el tiempo de los niños. “Echo de menos el mantel de cuadros y la tortilla en la forestal”, confiesa. Su receta pasa por la educación desde la base, por gestos asumibles como reciclar bien y dar ejemplo en casa, y por salir más. “Si te importa, lo cuidas”, declara.
Gaba también guarda tesoros íntimos: una carpeta llena de dibujos, cartas y detalles. Como la taza con un zorro que le regaló Alejandro, uno de esos chicos que preguntan, interrumpen y convierten cada actividad en un diálogo. “Ese cariño es otro sueldo”, admite. Le sostuvo incluso en un verano duro en lo personal, cuando el fototrampeo le regaló la imagen de una gata montés con dos crías en una cumbre. “Me emocionó. Ver cómo sobreviven, cómo se buscan la vida…”.
Al final de la conversación, acepta el juego de palabras rápidas. Naturaleza: “todo”. Escuelas deportivas y campamento: “trabajo, sí; pero también orgullo por un proyecto que funciona, da empleo a jóvenes del pueblo y ofrece seguridad a las familias”. Animales: “pasión, desde sus mascotas a la fauna salvaje que le sirve de terapia cuando la vida aprieta”. El Espinar: “su pueblo, un entorno espectacular y poco conocido que no exige irse a Doñana o Monfragüe para asombrarse”.
Gaba seguirá recordándonos en su sección El Rincón Verde que el pinar empieza a cuatro pasos de nuestras casas y que la mejor aula no siempre tiene techo. Podéis encontrar sus colaboraciones en las ediciones impresas de este periódico o en el canal de YouTube.











