Santi y Quique Fernández repasan la trayectoria de un negocio que impulsó su padre y hoy gestionan los hermanos
En este 2026, la Frutería Hermanos Fernández de El Espinar cumple 60 años al servicio de los vecinos del municipio y visitantes. Lo que hoy son dos tiendas consolidadas y un referente de género selecto, comenzó con el esfuerzo de Enrique y Angelines, dos personas que entendieron el comercio de la fruta como una forma de vida.
La historia de los Fernández no comenzó en un local climatizado, sino en los caminos que unen Hoyo de Pinares con El Espinar. Santi Fernández, cuya edad coincide exactamente con la del negocio, relata con orgullo cómo su padre fue el precursor de todo. «Mis padres esperaron a que yo naciera para venirse aquí definitivamente», explica. Antes de eso, su padre era vendedor ambulante que recorría la sierra con una mula cargada de uvas.
Eran tiempos de una economía de subsistencia y generosidad. «Mi padre pernoctaba en casas de amigos a base de trueques. Cambiaba un poco de uva por un sitio donde dormir», recuerda Santi. En aquella época, la llegada de la fruta fresca era un acontecimiento social. La uva de Albillo, la joya de la corona de su padre, era esperada por los ganaderos y trabajadores del campo como si de un premio de lotería se tratase. «Llevaban un año esperándola», añade Quique, el hermano menor, quien aunque vivió menos esa etapa ambulante, guarda grabadas las historias de su progenitor.
Un hogar entre cajas de fruta
El primer asentamiento físico de la frutería fue un pequeño local cerca de la Plaza del Arenal. Allí, la frontera entre la vida laboral y la familiar era inexistente. «Teníamos la frutería abajo y arriba vivíamos nosotros. Éramos nueve personas: mis padres, seis hijos y mi abuela Aurora, todos embuchados en una cocina pequeñita», rememoran.
En este relato cobra especial fuerza la figura de su madre Angelines, fallecida recientemente, quien fue el motor silencioso del negocio. Mientras el padre se encargaba de las compras y el reparto, ella gestionaba la tienda, la limpieza y la crianza de seis hijos, siempre con un ojo puesto en el mostrador: «¿Baja alguien a despachar?», era la frase constante en una casa donde el trabajo nunca terminaba.

Quique y Santi Fernandez
Desde que los hermanos tomaron el mando oficial del negocio en el año 2006, tras la jubilación de su padre, el sector ha dado un vuelco radical. «Con mi padre se vendía mucho granel; a la gente no le importaba que la fruta tuviera un pequeño defecto estético», explica Santi. Hoy, el cliente es mucho más exigente. Buscan piezas impolutas y variedades que antes eran impensables.
La especialización ha sido su tabla de salvación frente a las grandes superficies. En sus estanterías conviven hoy más de 20 variedades de tomate, su gran pasión. «Me vuelvo loco comprando tomate», confiesa Quique, quien destaca las nuevas semillas japonesas cultivadas en España que priorizan el sabor sobre el kilo. «Hay gente que paga el tomate a 2 euros y otros que buscan el ‘Umami’ a nueve euros el kilo. Nosotros traemos lo mejor para todos los bolsillos, pero siempre con calidad».
Mantener este nivel de excelencia tiene un precio personal altísimo. Quique describe su rutina no como un madrugón, sino como un «empalme». «Hay días que termino la lista de la compra a las diez de la noche, me tumbo una hora y a las doce ya salgo para Mercamadrid. Vuelvo, descargo, coloco y atiendo hasta las tres de la tarde». Es un ritmo de lunes a domingo que, reconocen con cierta tristeza, aleja a las nuevas generaciones.
«Es una manera de vivir, no solo un trabajo», sentencian. Aunque sus hijos han ayudado en la tienda, el relevo generacional parece lejano. «Me da pena que esto no vaya a seguir, pero entiendo que la gente joven no quiera esta esclavitud. Es un negocio precioso, pero requiere una entrega total».
Un mensaje de gratitud a los clientes
A pesar del cansancio y de la competencia de los supermercados, muchos de ellos con parking propio lo que facilita la accesibilidad, los Fernández no cambian el cariño de sus clientes por nada. «Nuestra clientela es fiel. Vienen aunque sea un engorro aparcar, y nosotros les cargamos la caja en el coche».

Para Santi y Quique, el mayor premio no está en la caja registradora, sino en el reconocimiento que reciben por la calle. «Que alguien que acaba de llegar al pueblo te diga que nunca había comido una fruta como la nuestra… eso hace que no quepas en tu cuerpo de orgullo». Con esa filosofía de honestidad, «solo traigo a la tienda lo que yo me comería en mi casa», la Frutería Hermanos Fernández encara el futuro, celebrando sesenta años de historia, sudor y, sobre todo, mucho sabor.











