El veterano observador de AEMET, referente local, advierte de inviernos con menos nieve y veranos cada vez más calurosos
En un rincón cercano al punto limpio de El Espinar, donde el aserradero municipal marca el pulso de la tradición maderera, se encuentra una pequeña garita blanca que encierra la historia climática de las últimas décadas. Al frente de ella, con la libreta en mano y la mirada acostumbrada a interpretar las nubes, está Enrique Martín Gil. Conocido afectuosamente en San Rafael como «Cotarra», Enrique ha cumplido este mes de marzo de 2026 una efeméride asombrosa: 45 años exactos desde que comenzó a registrar, día tras día, los caprichos del tiempo en nuestra localidad.
Lo que comenzó como un relevo natural de los maestros de escuela —quienes no podían hacerse cargo de la estación durante los veranos— se convirtió en la pasión de una vida. «Me dijeron que si quería llevármela y pedí permiso en la fábrica de maderas. Desde entonces, aquí sigo», rememora Enrique. Aunque se define humildemente como un «meteorólogo aficionado» y reconoce sus limitaciones frente a los profesionales de carrera, su constancia le ha otorgado una autoridad que pocos poseen: la de quien ha visto cambiar el paisaje a través de los números.
La labor de Enrique es un ejercicio de resistencia analógica en un mundo digital. Cada quince días acude puntualmente a la estación termopluviométrica para volcar los datos que luego envía a la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). Su rutina, forjada durante los años en los que trabajaba en el aserradero, consistía en aprovechar la hora del bocadillo para anotar las máximas, las mínimas y la lluvia caída. «Incluso el guarda municipal me echaba un cable los fines de semana para que no se perdiera ni un solo dato», explica con gratitud.

Enrique registrando datos con una nevada
Pero su curiosidad fue más allá de la simple temperatura. Enrique se aficionó a la fenología, la ciencia que estudia la relación entre los ciclos biológicos y el clima. «Anoto cuándo saca la flor el pino, las migraciones de las aves… todo eso lo mando al registro oficial». Sin embargo, lamenta que el cambio en el entorno esté afectando a la fauna local: «Ya casi no veo golondrinas en San Rafael; la gente usa los garajes para los coches y las echan, o quizás es que el clima ya no les favorece como antes».
El veredicto de los datos: menos nieve y más calor
Al ser preguntado por la evolución del clima en El Espinar, Enrique no duda. Su memoria, respaldada por cuadros de Excel y registros históricos que ha rescatado incluso de bibliotecas lejanas como la de Albacete, dicta una sentencia clara: el clima en el pueblo ya no es el que era. «Yo nací donde las piscinas de San Rafael y de pequeño subía al colegio con nevadas increíbles, de esas que duraban días. Eso ya no se ve», afirma con cierta nostalgia.
Los datos que maneja muestran una tendencia preocupante. Aunque enero sigue siendo el mes más frío con una media de 2,8 grados, los veranos se han vuelto «asfixiantes». «Ahora las medias de julio y agosto están empatadas en los 20 grados. Ver aparatos de aire acondicionado en San Rafael es algo que antes no se justificaba y ahora es habitual», comenta. Para Enrique, el debate sobre el cambio climático no es una cuestión de opiniones, sino de evidencias físicas: «Si la temperatura media sube, es un dato, no una opinión. Los científicos tienen razón y lo estamos viendo en el presente».
Fenómenos extremos y récords históricos
En su archivo mental y en papel figuran hitos que han marcado la historia reciente del municipio. Recuerda con precisión la histórica DANA de septiembre de 2023, cuando cayeron cerca de 180 litros por metro cuadrado en apenas 24 horas, una cifra jamás vista en sus registros. También evoca el récord de calor de julio de 1995, con 37,5 grados, o la gélida mínima de marzo de 2005, cuando el termómetro se desplomó hasta los 18,5 grados bajo cero. «Recuerdo venir a la fábrica y ver los radiadores reventados por el hielo», añade.
Un legado de servicio altruista
A pesar de la importancia de su labor para la estadística nacional, la compensación que recibe es meramente testimonial: 384 euros al año. «Es algo simbólico, lo hago por afición y por el compromiso con el pueblo», confiesa. A sus años, Enrique mantiene el sentido del humor y asegura que su labor como observador es lo que le mantiene activo. «A veces le digo a mi hijo que él heredará esto, pero que dé prioridad a su trabajo. Mientras yo viva, tengo la excusa de no morirme porque tengo que venir a medir las temperaturas», bromea.

Cada 15 días, Enrique sigue registrando los datos de forma manual
Enrique Martín Gil es, en definitiva, el guardián del tiempo de El Espinar. Un hombre que, desde su estación junto al punto limpio, sigue recordándonos que la naturaleza tiene un lenguaje propio y que, si queremos entender hacia dónde vamos, primero debemos escuchar lo que los termómetros llevan casi medio siglo intentando decirnos.











