Varios expertos en incendios y medio ambiente ponen sobre la mesa la creación de un plan municipal contra incendios
España ha sufrido este verano una de las peores campañas de incendios forestales de las últimas décadas. Según datos provisionales, el país ha superado cifras récord de superficie calcinada, con cientos de miles de hectáreas devastadas y fuegos de tal magnitud que los especialistas los califican de “incendios de sexta generación”. Son incendios casi imposibles de detener: arrasan a velocidades imprevisibles, generan fenómenos atmosféricos propios y obligan a los servicios de extinción a reconocer que muchas veces solo queda dejar arder hasta que las condiciones lo permiten.
Castilla y León ha sido una de las comunidades más castigadas. Zamora, León o Ávila han visto cómo el fuego devoraba espacios naturales de enorme valor ecológico. “Ha sido un verano excepcional, pero en el peor sentido del término”, resume el periodista especializado en incendios Ismael Muñoz. “Se han dado 15 incendios de máxima gravedad a la vez. Eso es inabarcable para cualquier dispositivo”.
“Detectar un incendio en los primeros minutos es lo que marca la diferencia entre un conato y una catástrofe”
En medio de este panorama nacional, El Espinar se ha librado por poco. Los vecinos recuerdan el incendio en el Monte de la Garganta en 2024, sofocado a tiempo, y el humo del reciente fuego de Urraca Miguel, que llegó hasta el municipio. Los expertos insisten en que la suerte no puede durar siempre. La amenaza está ahí, acechante, y todos los veranos los ojos vuelven a mirar con recelo hacia los pinares y montes que rodean al pueblo.
“Tarde o temprano nos tocará”
El vigilante de la Torre de Cabeza Reina, Nacho Calvo, no se anda con rodeos: “Sabemos que tarde o temprano se va a quemar, y se va a quemar todo”. Desde su puesto ha visto cómo el humo de grandes incendios envolvía el pueblo: “Con el de Urraca Miguel y con el humo que vino desde Cáceres, parecía que el problema lo teníamos aquí”.
Lo que más le preocupa es la falta de vigilancia estable: “El año pasado estuve de baja tres meses y nadie me cubrió. Eso significa que somos prescindibles. Y no lo somos, porque detectar un incendio en los primeros minutos es lo que marca la diferencia entre un conato y una catástrofe”.
Calvo critica que algunas torres de la provincia sigan cerradas o sustituidas por cámaras: “Las cámaras dan muchas falsas alarmas y, sobre todo, no saben por dónde tienes que entrar. Yo puedo indicar a los retenes el camino más rápido, una cámara no”.
Incendios imparables
La crudeza de los fuegos actuales sorprende incluso a veteranos. José Luis Muñoz, ingeniero técnico forestal con quince años de experiencia en la helitransportada de Coca, explica que “esto estaba claro que iba a pasar. Ha habido una primavera muy lluviosa, mucha maleza acumulada, más la falta de prevención… Tenía que pasar lo que está pasando”.
Recuerda que España cuenta con medios potentes, pero que la simultaneidad de grandes incendios lo desborda todo: “Nunca ha habido tantos incendios en nivel 2 activos. En poco más de una semana se han quemado 320.000 hectáreas. No das abasto, y aunque pongas a todo el ejército con palas a hacer cortafuegos, no es suficiente”.
Quien lo ha vivido más de cerca este verano es Germán Nácher, técnico de extinción en la brigada helitransportada Golf 1 y vecino de La Estación de El Espinar. Regresaba de León con imágenes grabadas en la memoria: “Mirabas y perdías el horizonte; solo veías negro, humo, fumarolas. Aquello era devastador. En un pueblo tuvimos que aplicar un contrafuego en el último momento para evitar que ardiera. Si salía mal, el pueblo desaparecía”.
Para él, el riesgo en El Espinar es real: “Un pinar como el que tenemos aquí, masas arboladas maduras de pino silvestre, con turnos de corta de 120 años, tarde o temprano el fuego llega. El fuego es como el mar: es impredecible y dinámico, no estático”.
Luis Hiernaux, vocal del Colegio de Ingenieros de Montes de Madrid, recuerda que no todo se mide en hectáreas: “Una cosa es que se queme pasto o matorral, y otra muy distinta es que se queme un bosque maduro. Aquí tenemos especies y biodiversidad que han tardado siglos en generarse. Si se pierden, no se recuperan en generaciones. Son catedrales vivas”.
Y advierte de un impacto invisible: “La psicología ambiental estudia los efectos de los incendios en las poblaciones rurales: depresión, estrés postraumático, alcoholismo. Un gran incendio arrasa también la moral de una comunidad”.
La clave está en la prevención
Todos coinciden en una idea: lo esencial es prevenir. “Los incendios se apagan en invierno”, repite Fernando Bravo, encargado de la guardería forestal municipal. “Puedes mandar cien autobombas y catorce hidroaviones, pero si no hay cortafuegos, si no se limpian los montes en invierno, es muy complicado. Hace falta inversión, inversión todo el año”.
Bravo recuerda que en El Espinar la tradición forestal ha ayudado a mantener los montes sanos: “Aquí se han hecho buenos trabajos forestales durante décadas. Y el ganado vacuno y equino que entra todo el año ayuda mucho a mantener el monte limpio”.
Valle Hidalgo, técnico de Medio Ambiente del Ayuntamiento, coincide: “Aquí tenemos montes vivos. Se aprovechan para leña, para ganado, para setas. Eso hace que no tengamos al monte tan abandonado y salvaje como en otras zonas, y es una ventaja frente a los incendios”.
Para Ismael Muñoz, el problema tiene raíces más profundas: “Nos hemos convertido en una sociedad muy urbanita. Hemos perdido la relación con el medio natural, y ese abandono ha provocado acumulación de combustible enorme en los bosques”.
José Luis Muñoz añade otro factor: la ganadería extensiva. “La ganadería extensiva es la que mantiene los montes. No solo limpian, también mantienen caminos, abren cortafuegos y mantienen el terreno abierto. Eso es prevención natural”.
La Garganta, joya y temor
La zona que más preocupa es la Garganta. “Es nuestra joya y también lo que más miedo da que se queme”, reconoce Valle Hidalgo.
Luis Hiernaux insiste en que su valor es incalculable: “Si se quema un bosque maduro como la Garganta, tardaríamos siglos en recuperarlo. No lo verán ni nuestros nietos”.
Por su parte, Germán Nácher advierte: “Si llega a enganchar un fuego de copas en la Garganta, sería prácticamente imposible de parar. Estaría fuera de capacidad de extinción”.
Plan municipal contra incendios
Aunque la competencia es autonómica, la mayoría cree necesario un plan local. Fernando Bravo lo explica con un ejemplo: “Un plan municipal no sustituye al de la Junta, pero sí mejora la rapidez de respuesta. El incendio de Navas de San Antonio se quedó en 900 metros porque llegó enseguida la autobomba del Ayuntamiento”.
Germán Nácher va más allá: “Los ayuntamientos tienen que estar obligados a tener un plan frente a incendios forestales. Aquí tenemos población envejecida y hay que estar prevenidos. El fuego se te puede echar encima y tienes que saber cómo reaccionar”.
Para Luis Hiernaux, incluso se podría recuperar parte del espíritu de antaño: “Hace años sonaban las campanas y la gente acudía a apagar los incendios. Hoy sería impensable, pero sí podemos formar brigadas locales, darles cursos y medios. En un primer ataque pueden ser fundamentales”.
El papel de la comunicación
Los medios de comunicación también son pieza clave. “Hay que informar con rigor, sin alarmismo, sin buscar la foto espectacular”, defiende Ismael Muñoz. “La información veraz ayuda a la población a reducir riesgos. En un incendio, una buena información puede salvar vidas tanto como un helicóptero”.
Añade que no basta con la cobertura inmediata: “Antes y después también hay que dar contexto, explicar las causas, hablar de despoblación, abandono rural, acumulación de combustible. Si no, solo nos quedamos en la anécdota y no en el problema de fondo”.
El valor cultural del monte
En El Espinar, el monte no es solo paisaje, es identidad. “Los espinariegos tienen un vínculo emocional con su monte que no deben perder nunca”, afirma Ismael Muñoz.
Luis Hiernaux lo conecta con la historia local: “Este monte se ha construido gracias al trabajo de los espinariegos durante siglos. Aquí hay fiestas, aprovechamientos, senderismo, bicicleta… Se protege lo que se valora. Mientras el monte forme parte de la vida del pueblo, será más difícil que se pierda”.
Una amenaza siempre presente
El temor atraviesa todas las entrevistas. Germán Nácher lo resume así: “Tenemos que ser conscientes de dónde vivimos. Tenemos un pueblo con tradición gabarrera, con un monte histórico y un valor ecológico brutal, y debemos empezar a pedir recursos para protegerlo”.
Y en boca de Fernando Bravo vuelve la idea que se repite de principio a fin: “Más que centrarnos en la extinción, hay que centrarse en la prevención. Un monte bien cuidado, con inversión y gestión, es un monte sano”.











