El espinariego, doctor en Bioquímica y profesor en la Facultad de Medicina, repasa los avances en su investigación sobre el factor CCN2 y reflexiona sobre la ciencia y la docencia
Hace diez años, la Real Academia de Doctores de España reconocía la tesis de Raúl Rodrígues Díez con el Premio Abelló Pascual I en el área de Bioquímica. Su investigación (El factor de crecimiento de tejido conectivo: modulador redox y citoquina proinflamatoria implicada en la génesis del daño vascular), centrada en el llamado factor de crecimiento del tejido conectivo, analizaba su papel en la inflamación y el daño vascular. Una década más tarde, este espinariego, doctor y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, echa la vista atrás con serenidad. “No me lo esperaba en absoluto”, confiesa. “Era un premio nacional, competías con investigadores de toda España. Cuando recibí el correo fue una sorpresa enorme. Más que por lo económico, fue el reconocimiento, el saber que el trabajo había merecido la pena”.
Su tesis, explica, partía de una idea clara: ese factor provocaba daño vascular por oxidación e inflamación. “En aquel momento todo apuntaba a que era un factor perjudicial”, recuerda. “Pero la ciencia cambia constantemente. Lo siguiente que hicimos fue probar a eliminarlo, a ver si quitándolo mejoraban los resultados. Y lo que pasó fue que los ratones se morían a los pocos días”. Aquel hallazgo obligó a su equipo a reformular todo el planteamiento. “Vimos que ese factor también ayudaba a mantener la estructura del vaso sanguíneo. Si lo quitabas del todo, se formaban aneurismas y los animales no sobrevivían. Así aprendimos que en biología casi nada es blanco o negro. Algo puede ser dañino en exceso, pero necesario en equilibrio”, comenta.
El descubrimiento abrió nuevas líneas de trabajo. “Colaboramos con grupos de Dinamarca y de Oviedo, y comprobamos que un pequeño cambio genético, un polimorfismo, podía estar relacionado con el desarrollo de aneurismas. Era un estudio pequeño, pero significativo”, explica. Desde entonces, el trabajo ha seguido creciendo: “Ahora estamos viendo cómo influye este mismo factor en el riñón o incluso en el desarrollo óseo. Es increíble cómo una misma proteína puede ser clave en tantos procesos distintos”.
Hoy ese factor ya no se conoce por su antiguo nombre. “Se llama CCN2. Y forma parte de una familia más amplia de proteínas con funciones muy variadas. Incluso hay compañías farmacéuticas que llevan años intentando desarrollar fármacos para inhibirlo. Pero curiosamente, esos ensayos están parados. Sospechamos que han visto resultados que no esperaban, porque lo que en un tejido puede ser beneficioso, en otro puede ser perjudicial”, asegura Raúl.
El vecino de San Rafael combina la investigación con la docencia, un equilibrio que no siempre es fácil. “Cuando entras en la rama docente te queda menos tiempo para investigar”, admite. “Pero para mí la enseñanza es prioritaria. Mis alumnos son muy válidos, entran con notas altísimas y con una motivación enorme. Se nota que saben a lo que vienen y lo afrontan con seriedad. Ver eso te reconcilia con el esfuerzo y te anima a seguir”.
Preguntado por la situación de la ciencia en España, es claro: “Hay gente muy buena, pero faltan recursos. Llega un momento en que muchos se cansan, o se van fuera, o no pueden seguir avanzando. No es una falta de talento, sino de apoyo”. Aun así, mantiene el optimismo: “La gente que sigue investigando aquí lo hace por vocación pura. Eso es admirable”. El investigador también defiende la importancia de divulgar. “Durante años apenas se hablaba de ciencia en los medios. Ahora, gracias a las redes y a eventos como Pint of Science, se le da más visibilidad, y eso es positivo. La gente empieza a entender que la investigación es una inversión, no un lujo”.
Siempre ha vivido en San Rafael, desde donde se desplaza cada día a Madrid. “Mucha gente me decía: ¿no te cansas de ir y venir todos los días? Y yo siempre contesto que no. El cambio al volver al pueblo, la tranquilidad, el entorno… compensa todo. Cuando bajo del autobús y veo el pinar, se me pasa el cansancio”. Sobre el transporte, añade que “hay que mejorar el servicio. Ahora mismo hay autobuses llenos en el sistema y medio vacíos en realidad. Se necesita más coordinación”.
Antes de despedirse, lanza un consejo a los jóvenes que empiezan: “Que disfruten de lo que hacen. Esto no se puede estudiar por obligación. Hay momentos malos, falta de dinero, becas que no llegan… Pero si te gusta, te compensa. Si no te gusta, lo vas a pasar fatal”.
Diez años después de aquel premio, su mirada es la misma que entonces: la de quien cree en la ciencia paciente, la que avanza sin ruido, paso a paso, para mejorar la vida de todos. “La investigación no es algo individual. Es un trabajo colectivo, por el bien común. Y si mi pequeño granito sirve para entender mejor cómo funciona el cuerpo humano, ya habrá merecido la pena”.











