Adriano Álvarez y Pepi Bravo bajan la persiana tras décadas al frente de un negocio nacido a comienzos del siglo XX y convertido en punto de encuentro de vecinos, veraneantes y viajeros
Tras más de un siglo de servicio ininterrumpido, San Rafael ha despedido a uno de los negocios que no solo venden productos o sirven consumiciones, sino que sostienen una parte de la vida cotidiana: el Bar y la tienda de ultramarinos Álvarez. Adriano Álvarez García y Pepi Bravo Reques, que gestionaban el bar, y Cesareo la tienda, han cerrado por edad “para no caer malos y tener que hacerlo a la fuerza”, explican con la mezcla de alivio, tristeza y cansancio que dejan los finales largos, los que no se resuelven al echar el candado, sino entre papeles, bajas, orden, cajas, recuerdos y , sobre todo, tiempos. La tercera generación al frente del negocio ha sido la encargada de mantener el legado de este establecimiento que forma parte indeleble de la memoria colectiva del municipio y que fue testigo privilegiado de más de un siglo de transformaciones sociales, políticas y económicas en España.
La historia de los Álvarez en San Rafael comenzó en 1910, cuando el primer Adriano Álvarez, abuelo del actual, decidió trasladarse a San Rafael desde Madrid por recomendación médica debido a una enfermedad pulmonar. En la capital, la familia ya regentaba una próspera tienda de ultramarinos en la calle Barquillo, esquina con la Plaza del Rey, además de otro establecimiento en La Granja de San Ildefonso para atender a la clientela de veraneo en el Real Sitio. “Debido a una enfermedad pulmonar que tuvo, fue cuando decidió venir a San Rafael, porque le recomendaron los médicos que se viniera, que era la única solución”, recuerda Adriano, nieto del fundador. La recomendación médica resultó ser acertada: el patriarca vivió hasta los 101 años, tiempo más que suficiente para convertir su negocio en una institución local.

Adriano y Pepi tras la barra del Álvarez
Desde sus inicios, el establecimiento combinó dos actividades: el bar y la tienda de ultramarinos. “Él tenía tienda de comestibles en Madrid, que también lo trasladó a La Granja. Y aquí decidió abrir un bar también”, explica Adriano, recordando cómo su abuelo supo adaptarse al floreciente turismo de San Rafael, que a principios del siglo XX se había convertido en el refugio veraniego predilecto de la élite de la sociedad española.
El Bar Álvarez no solo ha sido un negocio familiar, sino también un testigo silencioso de los momentos más trascendentales de la historia española del siglo XX. Sobrevivió a la Guerra Civil, a la difícil posguerra, a las transformaciones de la Transición y, más recientemente, a la pandemia de COVID-19. “Estuvimos dos meses cerrados”, recuerda Pepi sobre el confinamiento de 2020. “Fue triste, mucha tristeza. Nosotros teníamos la ventaja de que teníamos un patio y yo andaba por el bar para arriba, para abajo, porque como no podía salir”, añade.
En 1969, el establecimiento vivió una profunda reforma que coincidió trágicamente con el desastre del derrumbamiento en el restaurante de Los Ángeles de San Rafael, donde 58 personas murieron y más de 150 resultaron heridas. “La reforma en el negocio Álvarez se inauguró cuando lo de Los Ángeles, el día 15 de junio”, señala Pepi. Además, cuenta que ella trabajaba allí y fue testigo directo de la tragedia: “Yo lo vi. Había una tía mía que era como la encargada y tal, y tenía allí sesenta muertos en el pasillo. Horrible, horrible”, rememora con emoción contenida. “Me impactó muchísimo una chica joven que salió con todo el cuero cabelludo desprendido. Yo tenía veintidós años. Eso me dio una sensación terrible”.
Adriano explica que la reforma de finales de los 60 también estuvo relacionada con cambios patrimoniales familiares (una herencia que dividió finca y espacios), y que el local fue transformándose: de una terraza amplia y “muy señorial” a un bar más reducido, como lo han conocido las últimas generaciones.
Un punto de encuentro de la élite española
Durante décadas, especialmente en la primera mitad del siglo XX, San Rafael fue conocido como “La Suiza Española” por su atractivo paisaje alpino y por acoger a familias adineradas de Madrid que construyeron sus villas de recreo en la zona. El Bar Álvarez, con su distinguida terraza, se convirtió en punto de encuentro de esta selecta sociedad.

Fotografía histórica de la terraza del Álvarez
“Era una terraza muy señorial”, explica Adriano. Entre sus clientes habituales figuraban nombres ilustres: el Almirante Moreno, el Marqués de Rivera —asesor del Banco de España—, ministros de diversos gobiernos, y artistas como Lola Flores y el cantante Albaicín. También pasaron por allí presidentes del Gobierno como Adolfo Suárez, quien estuvo en el establecimiento cuando era jefe del Gobierno. “Aquí vino gente de muy alto standing: marqueses, los Bienvenida, el director del Banco Atlántico…”, enumera Adriano con cierto orgullo. “Era otra época, totalmente diferente. San Rafael y El Espinar eran una colonia de veraneantes de mucha categoría”, añade.
Pepi Bravo, natural de San Rafael, vivió de cerca esa época dorada. “Mis padres tenían vaquería y yo repartía leche a todas estas casas. Antes se llevaba la leche a domicilio y en ciertas casas había la planchadora, la señorita de niños, la cocinera… cuatro o cinco empleadas. Para mí eso era impresionante”, recuerda.

Nevada de más de 1 metro en la puerta del bar
La transformación de San Rafael
Tanto Adriano como Pepi coinciden en que San Rafael ha cambiado profundamente. “Ha cambiado mucho. A mí me da pena, me da tristeza”, confiesa Pepi. “De una élite a una cosa vulgar”, lamenta Adriano sin tapujos. El matrimonio describe un San Rafael que ha perdido vitalidad. “Antes la gente venía al cine, paseaba, había todo un gentío. Yo repartiendo leche, por aquí, tenía casi que pedir permiso para poder pasar y ahora está todo vacío. Da pena, de verdad”, señala Pepi.
Sobre la polémica de la travesía de San Rafael, Adriano, que ha vivido toda su vida ligado a un negocio situado junto a la carretera, considera que: “La carretera te da vida. Si en San Rafael no pasara la carretera, ¿qué le pasa a Otero y Las Vegas? Pues que está muerto”. Aunque reconoce los problemas del tráfico pesado y considera que la liberalización del peaje del túnel de Guadarrama podría revitalizar el municipio en otros sentidos: “Guadarrama tenía mil habitantes, igual que aquí, y ahora son diecisiete mil censados”. Además, explica los actuales problemas de aparcamiento y la dificultad para que el viajero pare a consumir en los negocios.
Ambos coinciden en que el sector de la hostelería también ha cambiado para peor. “Ha perdido categoría”, afirma tajante Adriano. “Antes se miraba primero la calidad y luego el precio. Ahora es al contrario, ahora se va al precio”, explica, recordando los tiempos en que el café llegaba en verde y había que tostarlo en el propio establecimiento con tostadores de carbón. Pepi añade: “Antes había más relación, había más… más educación, en un sentido. Ahora la hostelería es más fría”.
El Bar Álvarez mantuvo durante décadas un ritmo de trabajo imparable. “Antes era los trescientos sesenta y cinco días, salvo el santo de mi abuelo, Navidad y Nochebuena. Los demás días… todos. Desde las siete de la mañana hasta las doce o las doce y media”, recuerda Adriano. Solo en años más recientes establecieron un día de descanso semanal: los miércoles.
El adiós inevitable
El motivo del cierre es tan simple como inevitable: la edad. “Son ochenta y cinco años”, dice Adriano refiriéndose a su edad. “Una vida entera dedicada al bar Álvarez”, reconoce. Pepi, a sus 78 años, admite que la decisión, aunque dolorosa, era necesaria. Sus dos hijos siguieron sus propias carreras profesionales y no quisieron continuar con el negocio familiar. Cesáreo, hermano de Adriano y encargado de la tienda de ultramarinos, no ha tenido descendencia. Y tampoco sus dos hermanas. Así, la tercera generación de los Álvarez marca el final de esta saga hostelera.
“A mí me da pena en un sentido también. Lo que pasa es que hay que dejarlo, porque ya te ha dicho los años que tenemos, yo tengo ochenta y cinco y ya está bien, ya hay que dejarlo. Vamos a caer malos y vamos a tener que cerrar a la fuerza. Es mejor hacerlo así”, reflexiona Adriano.
Pasadas unas semanas desde el cierre, los sentimientos de la pareja son encontrados. “Como estamos de tanto jaleo, de bajas, de altas, papeleos y eso, pues no te enteras casi. Todavía no se ha puesto bien fin. No estás acoplado”, explica Adriano.
Pepi, por su parte, confiesa sentirse “encantada” porque ahora puede ir un día a la semana a Madrid a ver a su nieta y tiene tiempo para ordenar y colocar cosas. “Antes no tenía mucho tiempo y ahora por lo menos lo tengo. Lo noto”, dice.
Adriano echa de menos el trajín diario, “no comprendes el cambio tan brusco de una cosa a otra. Es que son totalmente opuestas”, reconoce con sinceridad. “Conocías mucha gente, mucho trato, mucho contacto, y ahora te alejas de eso. Es totalmente opuesto. Ibas a cualquier sitio: ‘Ah, oye, ¿qué tal?’ Y ahora, pues es totalmente cambiado. De tener muchas relaciones a no tener”, añade con melancolía.
La despedida del Bar Álvarez fue emotiva y multitudinaria. “Enorme”, describe Pepi. “La gente se ha comportado. El día que nos hicieron la despedida, nos hacían fotografías”, recuerda emocionada. “Yo no lo esperaba, de verdad. Yo vine de paseo y dije: ¿Pero qué pasa aquí?”, añade.
El balance final de los Álvarez es de agradecimiento: “Hemos sido muy felices, lo hemos llevado bien, nos ha acogido siempre todo el mundo del pueblo. Ya no son clientes, son amigos. Entonces, eso también lo vamos a echar de menos”. “Álvarez es como un título tuyo que te has ganado al terminar una carrera. Tienes ahí una categoría que te da el nombre”, resume Adriano
Ahora, la pareja planea disfrutar de su jubilación con paseos por los alrededores y dedicarse a sus aficiones. “A él le gusta mucho la mecánica. Yo voy a estropear de vez en cuando alguna cosa para que Adriano esté entretenido con los arreglos, porque es que le encanta”, bromea Pepi con cariño.
Con el cierre del Bar y Ultramarinos Álvarez, San Rafael pierde uno de sus establecimientos más emblemáticos y una parte fundamental de su identidad histórica. Pero el recuerdo de tres generaciones de servicio, esfuerzo y dedicación permanecerá para siempre en la memoria colectiva del municipio












