Desde el corazón de África hasta las cumbres del Himalaya, Alfonso Hernández ha coordinado expediciones que pocos se atreverían a imaginar
Alfonso Hernández, nacido en Madrid pero estrechamente vinculado desde su infancia a El Espinar, ha desarrollado una extensa trayectoria como coordinador de viajes de aventura en África, Asia y zonas de alta montaña. Tras un grave accidente a los 22 años, y motivado por una inquietud personal por conocer mundo, inició una carrera que lo llevó a cruzar el continente africano, convivir con grupos étnicos locales, operar en zonas de conflicto y enfrentarse a condiciones extremas.
Su primer gran viaje fue una expedición terrestre de más de cinco meses atravesando África desde el Sahara hasta Mombasa, en la costa del Índico. “Atravesamos el desierto hasta Camerún, cruzamos África Central y llegamos a Kenia. Me quedé envenenado con África”, explica. Poco después, organizó su propio viaje como mochilero durante dos meses por Kenia y Tanzania.
Esa experiencia lo llevó a ser contratado por agencias de viajes especializadas en turismo de aventura. Durante varias temporadas operó desde Nairobi, recibiendo y guiando grupos durante más de 25 días por zonas rurales y parques naturales. “Mi trabajo no era el de un guía turístico”, aclara. “Yo me encargaba de que el viaje se realizara, de que se cumplieran los objetivos. Si había que recorrer 850 kilómetros de pista, me ocupaba de vehículos, chóferes y ayudantes”.
Durante ocho años se especializó en el Zaire, actual República Democrática del Congo. Desde allí organizaba rutas de entre 16 y 17 días en condiciones difíciles: caminos impracticables, alimentación precaria, controles policiales inseguros y riesgos de salud. “Hubo situaciones peligrosas. En una ocasión, alguien me encañonó con un Kaláshnikov. En otra, pasamos una noche en la selva por una avería del vehículo”, relata. Añade que su objetivo era siempre minimizar el impacto de estas dificultades en los viajeros: “Yo me llevaba el golpe de la aventura”.
En 1993 fue testigo del estallido de la Guerra de los Grandes Lagos. “Eso estaba larvado. Cuando salimos del país, ya se oían tiros. La gente que subía al avión llegaba tiroteada. Fue una desgracia”. Durante un tiempo intentó regresar a la zona como logista para organizaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras, pero no fue posible debido a las condiciones de seguridad.
Tras África, Alfonso trabajó en Asia: Pakistán, Sri Lanka, Camboya, Birmania y Nepal. “Creía que lo había visto todo en África, pero en el sudeste asiático me encontré con realidades igual de duras. El trekking selvático era muy exigente”. En Pakistán, participó en rutas de alta montaña en la zona del K2. Ya había hecho cumbres de más de 5.000 metros en África, como el pico Margarita y el pico Alejandra en los Montes Rwenzori.
En esta etapa también compartió viajes con su esposa, María, alpinista de alto nivel, miembro del Grupo de Alta Montaña Español y del club Peñalara. “Ella ya había hecho rutas por India y Nepal, y fue de las primeras españolas en ascender el Monte Kenia”, señala. Juntos organizaron rutas de alpinismo, aunque con la llegada de sus hijos redujeron su actividad internacional para centrarse en escapadas de montaña por Europa.
Preguntado por el impacto de todos estos viajes, Alfonso responde: “Ha sido lo más grande que me ha ocurrido. Me formó en muchos aspectos, me dio confianza en mí mismo y me preparó para afrontar nuevas etapas de mi vida”.
Entre las múltiples anécdotas que recuerda, destaca un ataque de un elefante a un camión donde dormía con otros viajeros. “Nos avisaron de que los elefantes pasaban por allí. No hicimos caso y uno vino a buscar comida. Arrasó con todo”. También rememora una experiencia con un gorila que lo empujó y le causó una brecha en la cara. “No fue un ataque, pero pasó por encima de mí. Esas cosas no se olvidan”.
De todos los destinos en los que ha trabajado, se queda con el Congo. “Era muy duro, impactante, agobiante. Volvía con ocho o diez kilos menos. Pero era una vivencia extraordinaria”. Aun así, mantiene su apego por El Espinar: “Es mi pueblo y donde espero terminar mis días”.






































